En mis años de universidad, hace bastante más tiempo del que estoy dispuesto a admitir, se me ocurrió la idea que sería la antecesora de La sonrisa del monstruo, el relato corto que está disponible para su descarga en esta web. La idea era simple. Seguir las aventuras de un pistolero por un desierto interminable. El concepto del desierto cumplía una doble visión. Por un lado iba acorde al contexto de soledad y desamparo que acompañaba al protagonista y, por el otro, daba pie a desarrollar las aventuras sin necesidad de establecer un complejo worldbuilding.
La mezcla del ímpetu de la juventud y no tener el maremagnum de responsabilidades actual dio como resultado una constancia inaudita en mí mismo. Pocos días se rompió la rutina de corregir lo que había escrito el día anterior para continuar narrando la aventura. Así dio origen la única novela que he escrito.
La historia era aceptable y el ritmo la acompañaba bien. Por supuesto, no todo era perfecto. A ratos era obstinadamente expositiva y, a pesar de toda esa exposición, la mitología no se entendía. Tenía todo el sentido del mundo que el lector fuese aprendiendo sobre las peculiaridades del mundo y el protagonista según se desarrollaba la historia. Algo que funcionaba hasta que se descubría el pastel y las explicaciones no me convencían ni a mi.
El origen de La sonrisa del monstruo
Dándole vueltas me decidí por introducir un prólogo. Una introducción que asentara las bases de lo que hace especial al pistolero y al desierto en el que se ha convertido el mundo más convincentemente. La sensación de descubrimiento del plan original no desaparecía, se condensaba en un prólogo más compacto. Ese prólogo recibió el nombre de Las tres vidas del hombre ocioso.
Lo primero que ocurrió con este prólogo fue que acabó siendo mucho más largo de lo esperado. Las ideas y momentos iban cogiendo forma orgánicamente y hasta el último momento se fueron añadiendo nuevas situaciones que hacían más redonda la idea original. La mejor parte es que la mitología se explicaba satisfactoriamente. El lector no necesitaba que se le tiraran a la cara largas retahílas de información y daba la oportunidad a futuras sorpresas y misterios.
Lo siguiente fue que Las tres vidas del hombre ocioso había adquirido entidad propia y no casaba con la de aquella primera novela. Resultaba difícil no verlas como dos historias empalmadas. Era cierto que tenerlas juntas hacía que la novela no tuviera que ser tan expositiva. El problema es que no conseguía que fuesen en la misma dirección. Seguro que había una forma de hacerlo, yo no la encontré.
Es por ello que Las tres vidas del hombre ocioso se independizó oficialmente de la novela y se convirtió en su propia “cosa”. A partir de las ideas para unificar novela y prólogo surgió una nueva historia. Una que sí casaba con el prólogo, pero cuyo mayor inconveniente es que no estaba ni está escrita en su totalidad. Durante este proceso Las tres vidas del hombre ocioso pasó a ser el prólogo de la inacabada La sonrisa del monstruo.
El prólogo que se convirtió en relato corto
Al planificar el lanzamiento de La fábrica de cuentos no entendía que no apareciera al menos alguna historia del desierto en el que se había convertido el mundo. Es por ello que Las tres vidas del hombre ocioso, lo único que consideraba concluido con la calidad suficiente, acabó lanzándose con el nombre de la novela inacabada. Según la novela inacabada va siendo menos inacabada la idea de lanzarla por partes va cogiendo fuerza. Sin embargo, el lanzamiento por entregas de La sonrisa del monstruo sigue siendo una idea en barbecho y ni siquiera ocupa una posición predominante dentro de las prioridades del proyecto.
Como curiosidad aquella primera novela no desapareció. Sigue estando en mi disco duro ocupando espacio. Hoy en día continúa siendo insistentemente expositiva e irremediablemente imperfecta. Realmente sería menos trabajo arreglarla que acabar La sonrisa del monstruo. El problema está en que ambas historias se deben demasiado la una a la otra. Considero que tienen más que suficientes diferencias para merecer entidad individual, pero sus puntos en común se me hacen demasiado evidentes. Ni me motiva dejar de trabajar esporádicamente en La sonrisa del monstruo ni tendría sentido para mi publicarlas demasiado juntas en el tiempo. Lo que relega al ostracismo a la pobre novela que dio origen a todo. Tener que elegir implica muchas veces ser injusto