Escribir sin bosquejo está lleno de problemas. El hombre translúcido es una novelita que surgió, me obsesionó durante dos días y no se fue nunca. No hubo planificación ni estructura previa. En su momento escribirla fue un proceso orgánico y natural en el que hubo poca reflexión.
Este proceso no me es ajeno. Muchos relatos cortos que escribo tienen su origen en él. Sin embargo, estas historietas prácticamente nunca llegan a ningún lado. Bien porque el impulso mengua hasta desaparecer o porque el resultado final acaba siendo una algarabía de ideas desparramadas sin ninguna forma identificable. Con el hombre translúcido no ocurrió esto. Después de dos días la novela seguía allí, aunque hablaba de algo distinto.
El libro habla de los sentimientos que somos incapaces de entender, desarrollar y materializar hasta que nos devoran. Esa sensación de no entendernos a nosotros mismos y únicamente sentirnos libres de expresar esa desazón con algunas selectas personas. Este sentimiento trata directamente sobre mí, pero cuando quise darme cuenta el cuento había desarrollado sentimientos propios. La historia que debía servirme para aclarar lo que sentía acabó desviándose de forma orgánica hasta unos derroteros ajenos. Se independizó del objetivo para el que estaba siendo escrito. Se convirtió en su propia cosa.
La belleza de escribir El hombre translúcido sin bosquejo
Este es el principal problema de escribir sin un bosquejo de lo que vas a narrar. Todo se desdibuja. Lo que iba a tratar sobre una determinada cosa se acaba desviando, dando vueltas sobre sí mismo y acabas con un amalgama extraño de conceptos. En esta ocasión esto no ocurrió. La coherencia y la cohesión de la trama no se habían perdido en ningún momento. Únicamente había adquirido un significado ajeno a mi intención inicial.
Sería precioso escribir que el sentimiento propio que El hombre translúcido había adquirido me explicó algo sobre mí que yo no era capaz de comprender conscientemente. Qué va, nada más lejos de la realidad. El desenlace y el sentimiento en torno al que gira la historia me eran absolutamente ajenos en aquel momento. Hoy en día me habré dado de bruces contra él un sinnúmero de veces, pero en ese momento estaba escribiendo sobre algo que no había sentido en ningún momento.
En verdad es bello escribir sin bosquejo. Partir de una situación y unos conceptos para que se vayan desarrollando de forma orgánica. Admiro los libros matemáticamente organizados y que han sido adiestrados por sus autores como espectáculos repletos de amor y arte. A ratos siento que mis novelas son salvajes. Carecen de un trasfondo formado por una formación sobre cómo escribir ni de un estudio de mercado. Simplemente suelto ideas en una hoja y espero que adquieran forma. Si esa forma es la que tenía identificada desde el principio, por norma general, la siento forzada. Es bello que la historia y los personajes te indiquen el camino a seguir para que obtengan su propio sentido y sentimiento.